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La noche que cambió el destino

  • Miguel Dorado
  • 30 abr
  • 3 min de lectura

Acaba abril, un mes en el que no han parado de suceder cambios.

La vida parece que se me ha expurgado sola, como si se hubiera ido cayendo, sin forzarlo, todo aquello que ya no encaja en una nueva etapa.


Cambios en muchas parcelas. En cosas pequeñas. En cosas importantes. Y en cosas que llevaban conmigo años, incluso décadas.


Marzo terminó encontrando un hogar donde empezar de nuevo.

Después de mucho tiempo, por fin volvimos al pueblo de mi mujer. Y, por qué no decirlo, también al mío. Porque cada vez tengo más claro que yo soy de mis zapatos… y ahora piso por Campos.


Si a los vaivenes de la vida le sumas la parte terapéutica de una mudanza, te das cuenta de la cantidad de cosas que se pueden acumular en cinco años.


No queda otra.

Deshacerse.

Para dejar espacio a lo que pueda venir.


Un tiempo de infarto.

Al desgaste continuo del trabajo en las trincheras de la sanidad, se sumó una contrarreloj: vaciar un hogar para llenar otro. Terminar un contrato un día 31 y empezar uno nuevo el día 1. Cambio de municipio, a 40 km. Mudanza completa.


Diez días previos a tope, empaquetando y trasladando trastos.

Y otros diez después, ya en el nuevo chocito, otro no parar: limpiar, recolocar, ordenar… y una burocracia infinita que, sumada a los turnos laborales, no dejaba de subir el cortisol hasta llevarnos a un cansancio extremo.


Agotador, sí.

Pero gratificante aún más.


Después de casi cinco años aislados en una urbanización en mitad del campo, obligados a conducir más de 30 km para comprar cualquier cosa, volver a la cercanía se sentía diferente.


Pero no a una urbanización de ciudad —Dios me salve—,

sino a la de un pueblito pequeño que no le falta de nada.


Después de un largo periodo de creación sin distracciones, llega el momento de conectar.

De construir redes.


Y, una vez instalados, nunca podré olvidar aquella noche…


Por fin todo colocado.

Mi mujer y yo, dispuestos a irnos a cenar sin necesidad de coger el coche después de tanto.

Yo me sentía tranquilo, sereno, contento… como no estaba desde hacía meses.

Mi mujer… radiante.


Íbamos a su pizzería favorita. A darnos un homenaje después de tanto ajetreo.

Era el primer día de luna nueva.

No soplaba ni una pizca de viento.

Parecía una noche veraniega a pesar de ser 11 de abril.


Antes de cenar pedimos un vino.

Bueno… una botella. Rosado.


Antes incluso de que llegara la comida, sentí cómo se me aflojaban los músculos de la cara. Seguramente se me ensanchó el hipocampo como no lo hacía en el último año.

Y entonces, mientras disfrutaba de la compañía de mi princesa guerrera… apareció.


Una idea que podría parecer una auténtica locura.Sobre todo dentro del funcionariado.


Una idea que podría impactar de lleno en mi futuro.


Una idea tan arriesgada como prometedora.


Una idea de seguir podando lo que no entra en mi nueva vida…y de dejar germinar lo nuevo.


Una idea al alcance de muy pocos, solo para “perros verdes” dentro del sistema.


Una idea que me lleva a empezar de cero, una vez más.


Una idea que me acerca a tratar la salud desde la calma y la presencia, en lugar de desde la tensión y el estrés.


Y con ese nuevo “plomillazo” en la cabeza, y después de reírme un rato con mi mujer, busqué por casualidad en el móvil alguna oferta laboral compatible con esa nueva dirección.


Sí. A tan solo 8 km de mi nuevo hogar… apareció.


Sin tráfico.

Sin ciudades.

Sin ruido.


Ya tengo claro que a veces se gana… y otras se aprende.


Lo que no puedo negar es la gracia que me hizo un pequeño cactus que me traje de mi antigua casa.


Cinco años conmigo. Y nunca floreció.


La semana pasada, en mi nuevo hogar…  lleno de flores lilas y blancas.


¿Tú crees que me intenta decir algo?


cactus florido
cactus florido


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