El Perro Verde en Costa Rica
- Miguel Dorado
- hace 5 días
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Costa Rica fue un destino perfecto para poder darle al reset en mi cabecita. Fue un viaje muy completo. Pude compartir la experiencia con otro buen amigo que se fue a hacer un voluntariado como profesor en uno de los colegios de San José.
Empezamos el viaje en casa de una familia tica, que nos trató de maravilla y, desde allí, trazábamos la ruta de nuestros viajes. Me fascinó la dulzura y tranquilidad de aquella gente.
Bordeamos el país tanto por su costa pacífica como por la caribeña, y la verdad es que no puedo poner ninguna queja respecto al viaje. Llegamos incluso a cruzar la frontera con Panamá, donde pasamos cuatro días en el archipiélago de Bocas del Toro. Otro paraíso terrenal.
Al salir de Panamá, hicimos parada en Puerto Viejo, en el Caribe sur del país, y conocimos a un gaditano que llevaba allí viviendo veinte años. Había montado su negocio de deportes de riesgo y excursiones, y se quedó allí viviendo, en mitad de la selva, con la familia que había creado.
Me resultó muy curioso lo que este hombre me contó: cuando se ponían enfermos en aquel lugar, no iban al médico, sino que en las montañas de alrededor vivía un chamán al cual acudían. Viendo mi interés en conocerlo, quiso presentármelo. Dijo que en dos días el chamán bajaría al pueblo, pero ya llevábamos cuatro días allí y no pudimos esperarlo; debíamos apresurarnos en nuestra ruta porque ya nos habíamos demorado demasiado en aquel lugar. Aunque debo reconocer que a mí no me faltaron ganas de quedarme.
Realmente me impactó mucho el ritmo de vida que la gente tenía allí. Lo veía súper sano; estaban mucho más conectados con la tierra que los europeos, y su conciencia en el cuidado del medio ambiente era asombrosa. Y es que, cuando uno ha crecido en un ambiente capitalista, donde el ritmo de vida parece consistir solo en trabajar y producir, llegar a un lugar así provoca un impacto brutal.
Cuando pedía algo a alguien allí, te respondían con un “tranquilo, amigo”, y se mostraban muy serviciales; no dudaban en conseguírtelo. Eran muy acogedores. O cuando dabas las gracias, la respuesta era un “con gusto”. Pequeños detalles en la dialéctica que a mí me fascinaban. Te hacían sentir en casa con mucha facilidad.
Cada vez que iniciábamos un viaje ni siquiera sabíamos dónde íbamos a dormir. Íbamos a la aventura total, inmersos en la incertidumbre, pero siempre con la sensación de que todo saldría bien. De playa a parque natural, de parque natural a volcán, de volcán a selva, de selva a cascada y de cascada a playa. Todo era precioso, y difícilmente se puede encontrar un lugar más verde que aquel país.
Hasta vivimos un terremoto, en Quepos, junto al Parque Nacional de Manuel Antonio. Habíamos salido de fiesta la noche anterior y, a la recogida, mi amigo y yo nos quedamos en el exterior de las zonas comunes del lugar donde nos hospedábamos.
Serían sobre las cuatro y media de la mañana. Nos echamos la última copa y nos hicimos un buen petardo de marihuana, que nos había dado el recepcionista del hostal, Giorgi, con el cual habíamos hecho confianza.
Durante nuestro momento de relax apareció nuestro nuevo amigo Giorgi, que iba a empezar a hacer sus labores, pero, al vernos allí tan a gusto, decidió posponer las faenas y unirse a nuestra conversación. Se sirvió una copa de ron, como si del primer café de la mañana se tratase, y enseguida se integró. Ellos dos estaban sentados en sus respectivos pufs; yo, tumbado en una hamaca.
A los pocos minutos de su llegada empezó a escucharse un tremendo escándalo. Multitud de bandadas de pájaros echaron a volar en mitad de la oscuridad de la noche y, en pocos segundos, los cuadros que estaban en la pared del porche y las bebidas se empezaron a tambalear. El suelo estaba temblando.
Fue todo muy rápido. Puede que diez segundos, quizás quince o veinte, no lo sé. Mi amigo y yo nos asustamos; nos miramos mutuamente con la cara descompuesta, pero, tan pronto como todo paró, Giorgi dijo:
—Diría que ha sido 4,8 en la escala Richter y el epicentro está a cuarenta kilómetros.
Nuestras caras de asustados cambiaron inmediatamente a una de incredulidad, pensando que Giorgi se estaba pegando una auténtica vacilada delante de nosotros, de los turistas.
La verdad es que nos había alucinado lo que acabábamos de vivir y, al día siguiente, cuando volvimos a San José, a casa de nuestra mamá tica, ella nos dijo:
—Imagino que habréis sentido bien el terremoto. Tuvisteis el epicentro a tan solo cuarenta kilómetros, con una magnitud de 4,8 en la escala Richter.
Nos quedamos de piedra. Acabábamos de darnos cuenta, un día después, de que Giorgi nos había pegado en la frente; que aquel recepcionista golfete y bonachón había dado en el clavo y que, seguramente, ya no nos podríamos olvidar nunca de él.
En cuanto a la fauna, otra maravilla para los amantes de los animales. Pudimos ver una variedad enorme: cocodrilos, ballenas jorobadas con sus crías, delfines, serpientes, pelícanos, ranitas de colores, capibaras, perezosos, iguanas por doquier y basiliscos, el lagarto típico que puede correr por encima del agua y que por eso llaman “lagarto Jesucristo”.
También vimos tarántulas y todo tipo de arañas; algunas tejían telas que parecían velas de barcos. Había infinidad de monos: algunos parecían ponerse en complot con los mapaches para robar comida a los turistas; otros, cuando dormíamos en casitas en mitad de la selva, nos despertaban por las mañanas con sus aullidos, que por su voz parecían simios de tres metros, pero cuando salías a verlos apenas tenían medio metro.
Hasta pudimos disfrutar del nacimiento en directo de tortuguitas marinas y de cómo estas recién nacidas se iban directamente a sumergirse en un agresivo océano, como si tuvieran clarísimo cuál era su destino. La grandeza de la madre naturaleza.
En Costa Rica probé fruta que yo ni sabía que existía. Fue la primera vez que me comí una pitaya, aunque ahora he visto que se comercializa en España; por aquel entonces nunca la había visto, y a mí me la dieron directamente del árbol.
Tampoco había conocido ni la granadilla ni el rambután, que por fuera parece una mezcla de madroño y erizo de mar y, por dentro, una vez lo pelas, es más bien una uva blanquecina. Allí lo llaman “mamón chino”.
Continuando con la comida, nunca se me olvidará que en Bocas del Toro, por dos dólares americanos, los nativos que iban en sus canoas te daban una langosta viva, la cual cogían buceando a pleno pulmón. Luego, vivita y coleando, literalmente, se iba para la cazuela.
No puedo dejar atrás esos maravillosos desayunos, potentes y nutritivos: el famoso gallo pinto, con arroz y frijoles, que podían acompañar con huevos, aguacate, tortilla o incluso plátano frito, y que, en mi caso, siempre acompañaba con un buen smoothie, un rico batido de fruta recién exprimida.
Otro asunto que me llamó mucho la atención fue el tema de los sueños. Desde la primera noche que llegué, su lucidez era diferente. Podía recordar una cantidad de sueños cada noche que no era normal. Además, me pasaba todas las noches, como si se redujeran las interferencias en la percepción de mis sueños. Como si aquella tierra fuera una antena que te ayudaba a conectar con tu propio subconsciente. Parecía que podía soñar en HD y, encima, recordarlo todo a la perfección.
Sin duda alguna, no pude haber tenido un mes de break mejor. Pude disfrutar de la salvaje naturaleza, bañarme en el Caribe y en el Pacífico, disfrutar de una libertad absoluta con las pertenencias de tan solo una pequeña maleta, meterme en las fiestas más recónditas de la selva con los rastafaris, aventuras amorosas, sexo, buena comida, conocer gente alucinante y tener la mejor compañía posible para dicho viaje.
Pequeñas cositas que harán que, cuando venga el de la guadaña a recogerme —espero que dentro de mucho—, yo pueda irme con una sonrisa en la cara.





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