top of page

Por fin encuentro mi casa. No más dopamina rápida.

  • Miguel Dorado
  • 20 ene
  • 3 min de lectura

Emprender es una travesía constante. Nada se queda quieto, todo cambia continuamente, y quien no ha encontrado con claridad su “para qué” puede acabar rendido a mitad de camino.

A veces incluso quienes creemos tener un propósito rozamos el masoquismo. Porque cuando hay sentido, también caben más golpes que encajar.


Sí, soy de esos locos que creen haber encontrado el suyo.

Y el último año ha sido un auténtico laboratorio.


La película que tengo en la cabeza —y un palmo más abajo también— es la de unir arte y salud, ciencia y espiritualidad. Usar el arte como vía para dar salida a emociones reprimidas, esas que no desaparecen por ignorarlas y que, con el tiempo, terminan pasando factura. Crecer mientras aprendemos a mirar de otra forma aquello que nos irrita, nos duele o nos bloquea.


Mi proceso ha sido ilusionante y agotador a partes iguales:

ensayo, prueba, error, aprendizaje.

Una rueda que lleva girando toda mi vida, pero que este último año ha acelerado más de lo saludable.


Porque emprender, sobre todo al principio, te obliga a saber de todo. Números, facturas, webs, contenidos, clientes, marketing, redes, lecturas constantes, reajustes del modelo de negocio… y todo eso mientras intentas comer medio bien y sobrevivir a una inflación que no perdona a nadie.

Romántico no es. Real, mucho.


Y, aun así, hoy pongo la primera piedra de una nueva casa: este blog.


Porque los últimos meses —los primeros como autónomo— han sido especialmente desgastantes.

He intentado encajar.

Primero en mercadillos y ferias. Me los vendieron como el lugar perfecto para hacer contactos. Mi mujer y yo acabamos con la sensación de que nuestra función era decorar pueblos: mucho esfuerzo, poco retorno. Hubo contactos, sí. Incluso dieron paso a talleres de barro en otras ferias. Aprovechamos la oportunidad. Pero, aunque estéticamente bonitos, aquellos talleres se quedaban en la superficie. No tocaban el núcleo de por qué emprendí.


Después probé en un centro de artistas. Pensé que allí sí podría alinearme más. Pero tampoco.

Allí el arte era un puente hacia fuera: reconocimiento, exposición, mirada externa. Y no está mal. Es la visión del mundo artístico y la respeto.

Pero lo mío va por otro camino. Para mí, el arte es un puente hacia dentro. Un proceso introspectivo que busca sacar a la luz lo inconsciente, no producir belleza para ser validada. Y aunque si el arte es bonito —que se agradece— siempre priorizando el bienestar propio antes que aplauso ajeno.


Conclusión: perro verde en la enfermería.

Perro azul entre los artistas.


Y luego están las redes sociales.

Esto sí que tiene su punto cómico.


Intentar promover un proceso interior profundo en un lugar diseñado para freír la atención. Hablar de pausa en medio del “scroll” infinito. Proponer presencia en un buffet libre de dopamina. Cuidar la salud mental en la misma mesa donde se cocinan numerosas consultas psiquiátricas.

No más dopamina rápida, por favor.


No niego que las redes dan visibilidad. Sería absurdo.

Pero tampoco puedo negar la incoherencia que sentía al intentar unir dos mundos tan opuestos.

Algo así como ser dietista… y que te patrocine McDonald’s.


A finales de año volví a los acompañamientos online, más personales. Más conexión, más profundidad, más humanidad. Y eso, junto con la publicación de mi primer libro, me obligó a parar y pensar.


Porque cada vez tengo más claro algo: vivimos en una sociedad hiperestimulada. Queremos percibirlo todo en 2x. Y esa aceleración constante nos saca del presente y de la presencia. Y cuando no estamos presentes, algo se rompe por dentro.

No de golpe. Poco a poco. Pero pasa factura.


Creo sinceramente que necesitamos volver a conectar. Hacer las cosas de otra manera. Más lentas, más auténticas, menos ruidosas.


A veces pienso que el mejor viaje no sería a ningún lugar del mundo, sino al pasado. A cuando la realidad no entraba filtrada por una pantalla. A cuando había niños en los parques. Antes de esta digitalización patológica que normalizamos sin darnos cuenta del precio.


Por todo esto, hoy tomo una decisión clara:

este blog será mi nueva casa.


Un lugar sin prisa.

Un espacio para la reflexión.

El hogar de ese perro verde que nunca terminó de encajar en los sitios correctos… porque quizá no estaba equivocado, solo estaba en otro lugar.


Y si tú, a veces, también te sientes así —fuera de sitio, a destiempo, demasiado profundo para lo rápido o demasiado lento para lo urgente—, ojalá esta también pueda ser tu casa.


No para todo el mundo.

Pero sí para quien la necesite.


El hogar del perro verde
El hogar del perro verde

Que a gusto se esta en la casa de uno.

Comentarios


bottom of page