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Alternativa o complementaria?

  • Miguel Dorado
  • 10 mar
  • 2 min de lectura

Hay palabras que parecen inocentes… hasta que te paras a escucharlas con atención.

A mí me ocurre con una en particular cuando aparece en conversaciones sobre salud. Una palabra que suele ir detrás de otra: terapias.

La palabra es “alternativas”.


Y no sé exactamente cuándo empezó a chirriarme, pero cada vez que la escucho siento que encierra algo más que una simple etiqueta.

Porque a veces no somos conscientes de la importancia que tienen las palabras, ni de los mensajes que enviamos a nuestra mente sin darnos cuenta.


La palabra alternativa deja entrever que existe un camino diferente. Como si, ante un mismo problema, hubiera que elegir entre dos direcciones opuestas. Como si uno tuviera que posicionarse: o estás aquí, o estás allí.

Y cuando eso ocurre, fácilmente caemos en una especie de polaridad. Dos caminos que parecen entrar en conflicto entre sí.


Sin embargo, quizá el verdadero aprendizaje no está en elegir un lado, sino en salir de esa dualidad y aprender a aprovechar lo que cada enfoque puede aportar.


Como enfermero, y también como una persona curiosa e inquieta, hace tiempo que dejé de pensar en términos de “alternativo” y empecé a hablar más bien de complementario. Y no es que yo haya descubierto nada nuevo. De hecho, hoy ya se habla de conceptos como la medicina integrativa, que van precisamente en esa dirección.

Porque, sinceramente, yo no puedo estar enfrentado con ninguna rama del conocimiento.


Me fascina ver cómo un paciente que llega descompensado desde urgencias mejora gracias al tratamiento pautado. Ver cómo una fibrilación auricular vuelve a ritmo sinusal después de una cardioversión. O cómo conseguimos reducir los edemas gracias a un diurético bien indicado.


Pero, al mismo tiempo, también he visto cómo algunas personas consiguen relajarse profundamente después de una sesión de reiki en lugar de recurrir directamente a un diazepam. O cómo, en ciertos casos, explorar el origen emocional de un síntoma ayuda a comprender mejor lo que está ocurriendo.


No es que yo compre todo sin cuestionarlo. Ni mucho menos.

Pero cuando algo lo he visto, lo he practicado o he comprobado que ayuda a mejorar la salud de una persona, me resulta difícil rechazarlo solo porque no encaja en una etiqueta concreta.


Al final, mi forma de trabajar ha terminado siendo más sencilla: complementar en lugar de enfrentar.


Porque tampoco debemos olvidar algo que la propia historia de la ciencia nos ha enseñado muchas veces. Cuando aparece una idea nueva, lo habitual es que primero se ridiculice. Después surgen resistencias. Y solo más tarde, si realmente demuestra su valor, termina siendo aceptada.


No hace tanto tiempo que la comunidad médica se reía de la idea de que lavarse las manos entre paciente y paciente pudiera reducir la mortalidad.

Hoy nos parece evidente.


Quizá por eso intento mantener una postura sencilla: observar, aprender y no cerrar puertas demasiado rápido.


Al fin y al cabo, cuando hablamos de salud, lo importante no es defender una etiqueta.

Lo importante es ayudar a las personas a estar mejor.


 Vive coherente, vive en paz.


caminos diferentes?
Dos caminos, un destino.

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