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Reset a la vida. Tailandia.

Miguel Dorado
29 jun
6 min de lectura

Y sin remordimientos por no haberme recuperado todavía, Gonina y yo pusimos rumbo a Tailandia.

Era la primera vez que visitábamos Asia y la idea de recorrer el país con una mochila a la espalda nos hacía especial ilusión.

Tras aterrizar en Bangkok y pasar unos días descubriendo el bullicio de la ciudad entre tuk-tuks y calles imposibles, comenzamos nuestra ruta hacia el norte. Recuerdo un antiguo tren rumbo a Phitsanulok que, después de ocho horas con las ventanas abiertas, nos dejó más negros que el hollín. Desde allí, un autobús nos llevó hasta Sukhothai, donde pasaríamos nuestra primera noche lejos de la capital.


Nunca olvidaré aquellas ruinas. Y no precisamente por su belleza.

Lo que realmente convirtió aquel lugar en inolvidable fue que, después de seis meses de rehabilitación, me atreví de nuevo a montar en bicicleta.

Era una de las formas más típicas de recorrer el recinto, pero para mí suponía un reto enorme. Al principio iba con muchísimo cuidado. Evitaba girar la cabeza para que el manillar no se desviara y, si llegaba una curva cerrada, echaba el pie al suelo antes de arriesgarme.

Poco a poco fui ganando confianza.

Aquel día disfruté de una bicicleta como hacía muchísimo tiempo que no lo hacía. Sentí que había dado un paso importante en mi batalla contra el nervio vestibular y estaba que no cabía dentro de mi pellejo.


Las impresionantes ruinas de Sukhothai, Patrimonio de la Humanidad, pasaron completamente a un segundo plano.


A partir de ahí seguimos recorriendo el norte del país. Templos, campos de té, el Triángulo de Oro, budas dorados... lugares espectaculares que confirmaban que habíamos acertado de pleno con el destino.


Antes de abandonar el norte hicimos una última parada en un santuario de elefantes. Allí los cariñosos paquidermos le daban besos a la Gonina con su trompa, nos pusimos de fango hasta la coronilla con ellos y terminamos todos bañándonos en el río. Sin duda, fue mi parada favorita del norte.


Desde Chiang Mai volamos hacia el sur del país.

Y, casi desde el primer momento, tuve una sensación muy distinta a la del norte.


Si hasta entonces había sentido que nos estábamos adentrando en la auténtica cultura tailandesa, ahora todo me parecía mucho más orientado al turismo.

Al llegar a Railay, en Krabi, fue como aterrizar en Magaluf o el Arenal de Mallorca en pleno mes de agosto. Todo estaba masificado y había perdido gran parte de la autenticidad que habíamos encontrado en el norte.

Sabíamos que era un destino muy turístico, pero aun así nos decepcionó el nivel de explotación. Nuestra idea era quedarnos allí cuatro días para bajar el ritmo del viaje, pero cambiamos de planes casi de inmediato. Después de recorrer la zona durante un día, decidimos seguir buscando un lugar donde, de verdad, pudiéramos desconectar.


Y lo encontramos.


Tras visitar varias islas del mar de Andamán, acabamos llegando a Koh Tao, también conocida como la Isla Tortuga. Apenas mide siete kilómetros de largo por tres de ancho, pero terminaría convirtiéndose en uno de los lugares más especiales de todo el viaje.


Las dos primeras noches nos alojamos en el este de Koh Tao, la parte más tranquila y despoblada de la isla. Habíamos reservado una casa árbol a pocos metros de la playa y el lugar era una auténtica maravilla.


Después de una cena romántica junto al mar, regresamos a nuestro nido dispuestos a dormir... o eso creíamos.


No estábamos solos.


Teníamos un vecino en el piso de arriba. No era humano y, cada vez que se movía, hacía retumbar nuestro techo como si estuviera persiguiendo la cena a toda velocidad.


A la mañana siguiente apareció el sospechoso en una de las columnas de la terraza. Era un lagarto enorme, con una cabeza como un zapato, que parecía dispuesto a compartir alojamiento con nosotros.


La noche siguiente confirmó nuestras sospechas.


El taconeo del lagarto flamenco volvió a comenzar. Por momentos daba la sensación de que el techo iba a partirse y nuestro simpático vecino acabaría aterrizando en mitad de la cama.


Yo conseguí dormir.

La Gonina no.


Y como dona descansada, dona feliz... y yo también quería un viaje feliz, a la mañana siguiente recogimos las mochilas y nos mudamos al oeste de la isla.


Allí cambiamos la casa árbol por una habitación mucho más sencilla, pero también mucho más silenciosa. Aunque aquella zona estaba más animada, tenía un encanto especial: el mar era más tranquilo, había más ambiente y, sobre todo, pudimos descansar. Nos gustó tanto que terminamos pasando allí el resto de nuestra estancia en Koh Tao.


Y uno de esos días realizamos una de las mejores actividades del viaje: bordear por completo la isla haciendo cuatro paradas para practicar snorkel.

Koh Tao tenía fama de ser uno de los mejores lugares por su fauna marina y, aunque todo dependía de la suerte, decían que existía una alta probabilidad de bañarse con tiburones.


Sí, sí... tiburones.


La ruta no pudo empezar mejor. En la primera parada no vimos tiburones, pero sí una enorme tortuga marina alternando sus inmersiones entre el fondo y la superficie. Yo ya me sentía afortunado; siempre me cayeron bien las tortugas.


La segunda parada nos regaló un espectáculo de corales y peces de todos los colores y formas imaginables. Aun así, con las expectativas puestas en los tiburones y después de la tortuga, confieso que me supo a poco. Eso sí, me di cuenta de algo curioso: allí, flotando en el agua, ni me acordaba del nervio vestibular. Mientras solo tuviera que nadar, mi equilibrio dejaba de ser un problema.


Antes de la tercera parada llegó la hora de comer. Nunca fui muy amigo de la salsa de soja, pero fui el único que repitió plato. Desde ese día la adoro. Cada vez que la pruebo vuelvo automáticamente a aquel barquito en el mar de Andamán, rodeado de la Gonina, una simpática pareja de japoneses, los dos guías que tanta gracia me hacían, una pareja de polacas y un chico que viajaba solo, se peinaba como Cristiano Ronaldo y tenía las manitas como una niña de ocho años.

Desde entonces...


I love soja.


La tercera parada nos llevó a Koh Nang Yuan, el lugar donde había más posibilidades de encontrar tiburones. La Gonina y yo subimos primero hasta un mirador que ofrecía unas vistas espectaculares, eso sí, después de proporcionar alimento a familias enteras de mosquitos escondidos entre la vegetación.


Al bajar cogí las aletas, el tubo y la cámara acuática para probar suerte.


Y sonó la flauta.


Al poco rato aparecieron dos tiburones. Apenas medían más que una de mis piernas, pero a mí me fascinaron. Poco después se unió un tercero y allí estaba yo, a un par de metros detrás de ellos, aleteando despacito mientras intentaba grabarlos con la cámara.


Cuando ya tuve las manos como pasas, salí del agua para enseñarle el vídeo de la hazaña a la Gonina, que me esperaba en la arena.


Solo quedaba una última parada: el Jardín Japonés. El sol ya empezaba a caer y parte del fondo marino estaba cubierto por las sombras de la isla vecina.

Y entonces apareció la sorpresa del día.


Una espectacular serpiente azul y negra salió lentamente de entre los corales. Era hipnótico ver cómo avanzaba zigzagueando por el fondo marino.

Avisé al guía para que pudiera verla y, segundos después, la serpiente cambió de dirección y comenzó a subir hacia la superficie... es decir, hacia nosotros.


El guía me quitó rápidamente la cámara y, con el palo que llevaba sujeto, desvió su trayectoria.


Yo pensé:

"Qué tío más majo. Se está esforzando para que me lleve un buen recuerdo."


Un año después vi un documental en Netflix sobre los animales más peligrosos de Asia y entendí lo que realmente había ocurrido.


Aquella serpiente era una cobra marina. Uno de los venenos más potentes del planeta.


Menos mal que lo descubrí un año después. Porque, de haberlo sabido aquel día, las cristalinas aguas del Jardín Japonés habrían terminado con un ligero tinte marronáceo.


Fue un broche perfecto para cerrar el viaje.


Después llegaron un par de noches más de descanso en aquel pequeño paraíso, la vuelta a Bangkok, un par de compras, un souvenir grabado en la piel... y el regreso a casa.


Aquel viaje había sido exactamente eso: un pequeño reset antes de empezar la siguiente etapa de mi vida.


Perro verde y cobra marina
Perro verde y cobra marina

 
 
 

1 comentario


antoniorodriguezacedo
29 jun

Que divertido

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