Infecciones de orina
Un diagnóstico clásico. De los que aparecen prácticamente a diario en cualquier servicio de Urgencias.
Tan frecuente es, que muchas veces, antes incluso de que el paciente entre en la consulta, ya se le entrega el famoso vasito estéril para analizar la orina y comprobar si aparecen leucocitos, nitritos o cualquier otro indicador que haga sospechar una infección urinaria.
Disuria, escozor al orinar, necesidad de ir al baño cada pocos minutos, micciones escasas, dolor lumbar, orina muy oscura... Son algunas de las señales que nos avisan de que algo no marcha bien en nuestro tracto urinario. Algún invitado microscópico ha decidido colarse en casa y alterar el equilibrio.
Por suerte, la mayoría tienen una solución sencilla. Aunque, para desesperación de quien las sufre, algunas se vuelven reincidentes o deciden complicarse más de la cuenta.
Durante años traté cientos de ellas siguiendo el protocolo habitual. Antibióticos cuando correspondía, hidratación y recomendaciones básicas. Y, por cierto, aprovecho para recordar una de las cosas que con más frecuencia olvidábamos explicar los sanitarios cuando íbamos como motos: el monurol necesita permanecer un tiempo en la vejiga para ejercer correctamente su efecto. Si orinas poco después de tomarlos, parte del medicamento se elimina antes de tiempo y el tratamiento puede perder eficacia. Luego el paciente vuelve a Urgencias dos días después diciendo que "eso no le ha hecho nada".
Y todo esto funciona. La medicina dispone de herramientas muy eficaces para diagnosticar y tratar una infección urinaria, y sería absurdo ponerlas en duda.
Pero aquí empieza mi parte de perro verde.
Con el paso de los años empecé a preguntarme si aquello era toda la historia. Si además de la bacteria, existía algo más que mereciera ser observado.
Porque sí, tenemos un cuerpo físico donde la biología, la química y la microbiología explican gran parte de lo que ocurre. Pero también somos emociones, creencias, vivencias y formas de interpretar la realidad. Y cuanto más tiempo llevaba trabajando como enfermero, más difícil me resultaba separar unas capas de otras.
Hace ya más de doce años conocí a diferentes autores que proponían una mirada distinta sobre la enfermedad. Una perspectiva que relacionaba determinadas infecciones urinarias con conflictos vividos alrededor del territorio o del espacio vital.
Y, curiosamente, cuando empecé a observar a las personas desde ese prisma, comenzaron a aparecer situaciones que me hicieron, al menos, detenerme a pensar.
No se trata simplemente de decir "conflicto de territorio". La idea va un poco más allá. Según esta visión, la forma en que vivimos ese conflicto puede variar según la lateralidad biológica predominante de cada persona.
En unos casos, el conflicto suele relacionarse con el hogar, la intimidad o el espacio de puertas hacia dentro, cuando tendemos a lo femenino.
En otros, con aquello que ocurre fuera de casa, en lo masculino: el trabajo, el vecindario, el entorno social...
Sea cierto o no, lo interesante vino cuando empecé a escuchar las historias de quienes tenía delante.
Por ejemplo...
La chica que vive sola con su pareja y, durante Semana Santa, alquila una casa junto a otras cuatro parejas. Cuatro días compartiendo habitación, sin apenas intimidad y sin espacio ni para sacar la ropa de la maleta.
La auxiliar de enfermería tremendamente ordenada que recibe una compañera nueva, la cual reorganiza absolutamente todo el material de la planta y cuestiona su forma de hacer las cosas.
Los dos residentes de un geriátrico que, tras meses compartiendo habitación, terminan enfrentados.
La señora en una residencia que llevaba meses disfrutando de una habitación para ella sola y, de repente, recibe una nueva compañera con la que debe compartir su espacio.
La joven que lleva medio año con el baño levantado por una avería y siente que su propia casa ha dejado de ser su refugio.
La joven que es la primera del grupo de amigos que consigue independizarse, pero que nunca sabe decir que no y acaba teniendo visitas continuamente cuando, en realidad, anhela estar sola y tranquila.
O el garrulito de la Hermandad del Puño Cerrado que, con casi treinta años, sigue viviendo con sus padres para ahorrarse el alquiler. Lleva a la novia a casa, sí... pero cada vez que echan un pinchito tienen que levantarse al baño de puntillas para no despertar a los viejos.
¿Significa esto que todos estos casos y similares van a desarrollar una infección de orina cien por cien?
Por supuesto que no.
¿Significa que toda infección urinaria es emocional?
Tampoco.
La higiene, la anatomía, las bacterias, los hábitos y muchos otros factores siguen estando ahí y continúan siendo fundamentales.
Lo que sí me enseñó esta forma de observar es que, en ocasiones, detrás de un síntoma también puede haber una historia que pide ser reconocida.
No pretendo que creas ciegamente lo que acabo de contarte.
Solo te invito a hacerte una pregunta la próxima vez que el síntoma llame a la puerta de tu cuerpo.
¿Habrá algo, además de la bacteria, que también necesita encontrar su sitio?
Si te pasase a ti, mi único consejo… bebe agua, sigue el tratamiento que te indique tu profesional sanitario... y sobre todo, procura no llevarte el móvil cuando vayas a cagar.
Porque, en una vida tan bombardeada de estímulos, ese pequeño momento de silencio, ese ritual donde tu cuerpo expulsa lo que ya no necesita y la conciencia puede viajar hasta la luna, quizá también sea un buen lugar para darte cuenta que es hora de dejar marchar algún pensamiento, preocupación o creencia que lleva demasiado tiempo dando por saco.



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