Meñiques: secretos y mentiras
- Miguel Dorado
- 4 feb
- 3 min de lectura
Hay cosas que el cuerpo recuerda incluso cuando uno hace como si no hubiera pasado nada.
Tengo un friki dentro de mí, sí, y no me avergüenzo.
Además de perro verde, tengo una vena friki bastante marcada.
Recuerdo cuando mis padres compraron un campo en el pueblo. Qué tiempos aquellos. Las familias, en quince años, ya tenían pagada su casa y podían permitirse una segunda vivienda: la de vacaciones o descanso. Algo muy lejano para el común de los mortales hoy en día.
El caso es que, por aquel entonces, yo me iba muy a disgusto para la sierra. En realidad, lo que quería era quedarme en Cádiz con mis amigos el fin de semana. Pero como no tenía otra opción, tenía que entretenerme con lo que había.
Aún no teníamos la casa construida; estaba en obras. Y justo en el colegio estaba dando geología, estudiando minerales. Así que mi entretenimiento se convirtió en coger un martillo y recorrerme todos los majanos de piedras grandes que había en aquel enorme terreno perdido en la sierra gaditana, comprobando qué tipo de minerales componían las rocas del lugar.
Dos días enteros me pasé así, picando piedra, literalmente. Y como un loco iba a buscar a mi padre cada vez que encontraba cuarzo, enseñándoselo como si fueran pepitas de oro.
El domingo llegó mi tío, el hermano de mi padre. Al verme tan entusiasmado, le preguntó qué estaba haciendo.
Mi padre le respondió:
—Este niño, lo que aprende en el colegio, necesita comprobar que es verdad.
En aquel momento no le di importancia. Pero con el paso de los años me he dado cuenta de que esa frase se me quedó grabada muy dentro. Tanto, que aún hoy mantengo ese modus operandi.
Décadas después, siguiendo el mismo patrón, el friki y el perro verde siguen vivitos y coleando en mi interior. Y después de formarme en biodescodificación y lenguaje corporal, no me quedó otra que ponerme a investigar para ver si todo aquello que había estudiado volvía a cuadrar. Tocaba volver a picar piedra, pero esta vez en la psique de las personas.
Un día, mi madre me invitó a una barbacoa en el campo de quien por aquel entonces era su pareja. Allí también estaba un amigo suyo. Éramos cuatro en total y, de repente, salió el tema de la somatización emocional.
El amigo del ex de mi madre se atrevió entonces a hacerme una pregunta sobre su cuerpo, más concretamente sobre sus dedos meñiques. Me comentaba que desde hacía casi veinte años, al cerrar ambas manos, los meñiques se le engarrotaban. Le dolían y no podían acompañar al resto de los dedos al cerrar el puño.
No era la primera vez que veía algo así, y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Rápidamente caí en la simbología asociada a esos dedos: secretos y mentiras.
Mientras disfrutábamos de una cervecita fresquita y la carne se iba poniendo en su punto, empecé a indagar, con su permiso, en su pasado.
No fue difícil en esta ocasión. Y conforme nos íbamos acercando al momento desencadenante exacto, era como si algo extraño le estuviera tapando las carótidas a este hombre.
Su cara fue empalideciendo, sus pupilas dilatándose, y sus palabras comenzaban a salir a un ritmo tartamudeante.
Era como si él sintiese que yo lo estaba viendo desnudo.
Algo oculto durante muchos años empezaba a salir a la luz.
Veinte años atrás tenía un jefe con el que se llevaba fatal. Un día, en carnaval, no pudo aguantar más. Se disfrazó de forma irreconocible y, en plena calle, lo molió a puñetazos. Su jefe se llevó una paliza descomunal y nunca supo quién se la había dado.
Pero a raíz de aquel episodio, el agresor nunca volvió a cerrar los puños con normalidad.
Un secreto bien guardado durante años, aunque los hermanitos frágiles y pequeños de la mano estaban locos por chivarse.
Puedes guardar un secreto toda la vida.
Lo que no puedes es impedir que el cuerpo lo sepa.
Vive coherente, vive en paz.


Comentarios