¿Quién cuida a los que cuidan?
Hace tiempo pensaba que el sistema sanitario estaba empezando a dar signos de declive. Ahora tengo la sensación de que, en algunos puntos, ya está dando sus últimas bocanadas de aire.
Y solo analizando los lugares de trabajo por los que he pasado este 2026, el asunto da bastante que pensar.
En enero pasé por una de esas residencias masivas, con unos 120 usuarios. Nada más entrar en el office de enfermería, me llamó poderosamente la atención un dato: habían fallecido alrededor de 20 residentes en el último mes y medio.
Poco después empecé a comprender por qué podían estar sucediendo ciertas cosas.
La falta de profesionales sanitarios es un problema al que quizá no estamos prestando la atención que merece. Y todavía más en lugares donde la inflación, la vivienda o las dificultades propias de vivir en una isla complican enormemente la llegada de profesionales.
Porque, seamos claros: ¿quién es el loco que viene a trabajar a Baleares si prácticamente puede dejarse la nómina entera en el alquiler?
En fin, volviendo a la residencia…
Había turnos, incluso días, en los que no había ningún enfermero.
Medicación, curas y otras funciones quedaban pendientes para el día siguiente. Y son tareas que no solo se acumulan: cuanto más se postergan, más pueden comprometer la salud de los residentes.
Pero el problema no era únicamente la falta de enfermería. La escasez de auxiliares me parecía, como mínimo, igual de grave.
Algunas tardes llegué a ver cuatro auxiliares para toda la residencia.
Hagamos números: 120 residentes. 30 por cabeza.
Y ahora pensemos que algunos necesitan la asistencia de dos personas. Que muchos necesitan ayuda para ir al baño, una grúa para movilizarse, cambios de pañal, asistencia para comer, asearse o beber. Que hay que mantenerlos limpios, hidratados y atendidos. Y que, si además falta enfermería, aparecen todavía más necesidades que resolver.
Los números no salen.
Y hacer bien el trabajo se vuelve prácticamente imposible.
Cuerpitos que han trabajado toda su vida y para los que recibir un buche de agua cuando tienen sed puede terminar convirtiéndose en un auténtico privilegio.
Y esas condiciones, inevitablemente, pueden favorecer la aparición de problemas de salud e infecciones en personas que, además, ya son especialmente vulnerables.
Lo que tengo bastante claro es que los culpables no están en esas trincheras. No puedes exigir cuidados excelentes a profesionales a los que das unas condiciones que hacen materialmente imposible ofrecerlos.
Quizá deberíamos mirar un poco más arriba: hacia quienes diseñan los convenios, las ratios, las condiciones laborales y, en definitiva, deciden con qué recursos deben prestarse esos cuidados.
No pinta demasiado bien el futuro de los cuidados en determinadas residencias. Muchas cosas tendrán que cambiar para poder ofrecer unos cuidados de calidad.
Febrero, marzo y abril me los pasé de nuevo en Atención Primaria, rotando por más de un centro.
Ese lugar donde, teóricamente, atendemos a las personas desde la prevención, los cuidados previos o el seguimiento después de un alta hospitalaria.
Es posible que yo tenga mi propio sesgo. También puede ser que, con los años, tenga menos paciencia, pero me queda la sensación de que los cuidados en Primaria también se están deteriorando.
Turnos enteros atendiendo urgencias, gestionando situaciones que poco tienen que ver con el trabajo enfermero y absorbiendo funciones que aparecen como consecuencia de la falta de otros profesionales.
Y todo termina salpicando al mismo sitio.
En uno de esos centros acabé incluso dentro de un grupo del personal cuyo nombre era: “Tanta comunitaria nos está matando”.
Si comprendiéramos el auténtico poder que tienen las palabras, seguramente lo llamaríamos de otra manera.
Pero aquella frase decía bastante sobre cómo se sentían muchos profesionales.
Porque se produce una situación bastante paradójica: llega una persona a Urgencias con una crisis de ansiedad y la enfermera que la atiende fácilmente puede tener el cortisol más disparado que la propia paciente.
Hemos entrado en una incoherencia total en los cuidados: estamos pagando cuidar de la salud de los demás con nuestra propia salud.
Y este verano todavía me encontré con otra cara del mismo problema.
Cuando una plantilla ya funciona al límite, cualquier decisión cuestionable en la organización de los turnos multiplica el problema. Y a veces ocurren esas curiosas situaciones en las que sobre el papel las horas están perfectamente cubiertas, pero cuando miras quién está realmente trabajando, las matemáticas empiezan a ponerse un poco oscuras.
Si además determinadas personas parecen disfrutar de condiciones difíciles de explicar mientras el resto del equipo termina absorbiendo las horas, las funciones y la carga que quedan descubiertas, el resultado es bastante previsible.
Las cuentas pueden cuadrar maravillosamente en un despacho. En la planta, no tanto.
A lo que voy.
Creo que ha llegado la hora del cambio.
De despertar.
De comprender que tu salud empieza mucho antes de que tengas que depender del sistema sanitario.
Sabemos que el estrés mantenido, el descanso, la alimentación, el ejercicio y nuestra manera de relacionarnos con aquello que vivimos tienen impacto sobre nuestra salud.
Y quizá deberíamos empezar a poner mucha más atención ahí.
Porque cabalgar sobre unos buenos hábitos sigue siendo una de las mejores formas de prevención.
Y si algún día necesitas de los profesionales sanitarios, por supuesto que está bien. Para eso estamos.
Pero cuanto mejor aprendas a cuidarte antes de necesitar a nadie, mejor.
Así que mi pequeño consejo…
Haz ejercicio.
Come bien.
Duerme mejor.
Y, sobre todo…
vive en paz y coherencia.
Nos vemos en la próxima.





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