Los eclipses, fin de ciclo.
12 de agosto, y movilizaciones en masa para ver el famoso eclipse. A mí me tocó vivirlo desde Mallorca, un privilegio para poder verlo completo, cómo la luna tapaba el sol y se hacía de noche antes de lo esperado. Un auténtico espectáculo de los astros.
Y reconozco que yo fui de los que se fueron a la playa el día entero para verlo de primera, con intención de quedarme hasta el final. Pero tanta fue la masificación que, una hora antes, decidí irme de la marabunta con Gonina. Tranquilitos al campo, solos, sin que nadie nos molestase, disfrutando de cómo la penumbra se apoderaba de los almendros y los rollos de alpaca, y cómo la oscuridad cubría el pueblo entero a una hora nada habitual.
Allí nos colamos, sin temor, al contrario de todo lo que nos vendieron cientos de gurús por redes sociales. Los que compartieron su miedo y nos lo vendieron como intuición divina.
Que si iba a llegar un momento de gravedad cero, que si lo mirabas te quedabas ciego, que todas las gafas tenían truco para dejarnos sin vista, que bajarían los extraterrestres, que los seres oscuros se alimentarían de ti mientras durase la oscuridad, que la luna era de mentira y que la habían puesto los Illuminati como tapadera…
Y lo cierto es que yo no lo sé, igual algo es verdad. No te digo ni que sí ni que no. A lo único que me niego es a que me vendan el miedo.
Y está claro que son tiempos inciertos: inundaciones, terremotos, guerras, volcanes… Está la cosa calentita. Se ve que San Pedro ya no nos espera en su humilde posada y se ha tenido que mudar a un gigante castillo para dar cabida a todos, y hasta Caronte ha cambiado su barca por un arca.
Épocas de transición…
Desde el mundo conspiranoico, y no tan conspiranoico, la Agenda 2030 nos achucha. Desde el prisma espiritual, la Tierra estaría llegando a un salto cuántico donde la conciencia global debe cambiar para dar lugar a una nueva humanidad, y para ello, grandes cambios y tragedias deben suceder…
Yo no lo sé…
Lo que sí sé es que hace tiempo que le perdí el miedo a la muerte. Y no porque tenga prisa en irme, porque me siento más vivo que nunca y me queda ruido que dar, sino porque siento que, cuando llegue la hora, será emocionante cruzar ese umbral. Con respeto, pero sin miedo.
La muerte, parte de la vida, pero si la temes... malvives.
¿Por qué tantas personas se quedan estancadas en un lugar en el que no son felices? ¿Por qué son infieles a sus valores por un pequeñito cargo de poder? ¿Por qué se sigue manteniendo un patrón de sumisión hasta convertirlo en fuente de rabia?
Por miedo…
Miedo a los cambios, a no ser aceptados, a no poder sobrevivir. Miedos intermedios que esconden otros más profundos y que, si tiramos del hilo, terminan llevándonos al mismo lugar: el miedo a la muerte.
Pero la muerte no solo es la pérdida de la vida.
También puede ser el final de una etapa, de una época, de un rol, de un personaje interno, de una conducta o de un patrón.
Incluso de una profesión…
Y quizá de eso también vaya un eclipse.
De aceptar que hay cosas que tienen que terminar para que otras puedan comenzar. De aprender a decir “hasta aquí”, poner límites y dejar de cargar con aquello que ya no estamos dispuestos a sostener.
Porque ser libre también implica eso: aprender a ser tú, aunque para hacerlo tengas que despedirte de versiones de ti mismo que te han acompañado durante años.
Cerrar no siempre significa perder.
A veces significa agradecer lo vivido, recoger lo aprendido y soltar lo que ya pesa demasiado.
Así que, cuando llegue tu próximo eclipse, quizá no tengas que tenerle tanto miedo a la oscuridad.
Pregúntate simplemente qué quieres que siga contigo cuando vuelva la luz.
Y qué prefieres dejar atrás.
Todavía nos quedan muchos eclipses por vivir antes de cruzar ese último umbral.
Y quizá de eso se trate:
de llegar hasta allí habiendo aprendido a vivir lo suficientemente libres como para no tener miedo a morir.





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